Cicatrices abiertas.
La mentira más grande que te has dicho hoy: “Ya lo superé.”
Te lo dices casi todas las mañanas frente al espejo.
—Ya lo superé.
Te repites que esa herida ya no sangra. Que ese dolor ya no te pertenece. Que avanzaste. Y mientras lo dices, algo adentro sabe que no es del todo cierto.
Porque esa herida que juraste cerrada sigue ahí. No necesita una gran provocación. Basta un tono de voz. Una canción. Un olor. Y de repente, sin aviso, estás de rodillas otra vez, doblado por un dolor que creías enterrado.
Le pusiste nombres bonitos. Lo llamas aprendizaje. Lo llamas crecimiento. Te felicitas por tu proceso.
Pero en la noche, cuando nadie te ve y el silencio te deja a solas con tus pensamientos, la verdad aparece:
todavía no has sanado del todo.
Y aquí viene lo más difícil de aceptar: tal vez nunca sanes del todo.
Quédate conmigo. Eso no es una mala noticia.
Te vendieron una fantasía. Te hicieron creer que el dolor tiene un punto final. Que con suficiente tiempo, suficientes frases motivacionales y suficientes libros subrayados, te convertirías en alguien que ya no sangra.
¿Recuerdas la primera traición que te dejó sin aire?
¿Las palabras que te atravesaron como cuchillos?
¿El abandono que te hizo sentir descartable?
¿El momento exacto en que descubriste que el amor incondicional también podía tener condiciones?
Esas heridas no cicatrizan como nos enseñaron. Se camuflan. Aprenden a esconderse. Pero siguen vivas, respirando dentro de ti, esperando el momento exacto para recordarte que nunca se fueron.
El rechazo que te rompió la autoestima está ahí. Lo sientes vibrar cuando alguien tarda en responderte, cuando notas una mirada esquiva, cuando preguntas “¿estás bien?” y la respuesta llega demasiado rápido.
La pérdida que te vació sigue presente. La reconoces en cómo te asfixia la idea de volver a perder, en cómo te alejas antes de que te dejen.
La humillación que viviste no desapareció. Aparece en cada reunión donde no te atreves a hablar, en cada buena idea que te callas, en cada “lo siento” que dices cuando no hiciste nada malo.
Y el fracaso que te convenció de que no mereces que te vaya bien te frena justo antes de cada salto, susurrándote: “¿Quién te crees que eres?”
No son simples recuerdos. Son partes de ti que todavía no han encontrado su lugar.
El problema no es que existan.
El problema es que sigues peleando contra ellas en lugar de aprender a caminar con ellas.
El tiempo, por sí solo, no cura nada. El tiempo entierra. Y lo que se entierra sin mirarlo no desaparece: sigue ahí abajo, haciendo su trabajo en silencio.
Lo que sana no es el tiempo. Es lo que haces con él. Mirar la herida, nombrarla, contarla, pedir ayuda cuando sola no se puede. Y dejar de fingir que ya la atravesaste.
Por eso, cuando un día vuelve a doler algo que creías resuelto, no significa que hayas retrocedido.
Siempre vas a tener zonas sin resolver. Siempre habrá algo dentro de ti que se abra cuando menos lo esperes. Y justo cuando creas haber llegado a la paz, la vida te va a presentar formas de incomodidad que no imaginabas.
Esto no es pesimismo. Es una de las liberaciones más grandes que puedes vivir.
No necesitas estar completamente curado para estar completo.
Cuando dejas de perseguir una sanación perfecta, cuando renuncias a la idea de convertirte en alguien invulnerable, descubres algo mucho más valioso: la capacidad de vivir sabiendo todo lo que eres. Incluyendo lo roto.
La verdadera fortaleza no viene de borrar tus cicatrices. Viene de conocerlas tan bien que ya no puedan sorprenderte.
Cuando dejas de huir de tus heridas y empiezas a escucharlas, pasa algo inesperado: se convierten en tu brújula. Te muestran dónde están tus puntos ciegos, qué necesitas enfrentar y hacia dónde tienes que mirar.
Y cada nueva caída no te hace más débil. Te hace más real. Más capaz de mirar el dolor, el tuyo y el de otros, sin apartar la vista.
Lo que de verdad nos conecta como seres humanos no es la fortaleza que mostramos.
Es la fragilidad que compartimos. Las heridas que reconocemos en el otro porque también las tenemos.
Tal vez tus cicatrices nunca estuvieron para ser borradas, sino para convertirse en comprensión. En algo que un día le sirva a alguien que todavía está en la oscuridad.
No te prometo que
dejará de doler.
Te prometo que aprenderás
a construir algo con lo que te dolió.
Y no tendrás que hacerlo solo.
Edwin Barreto
Mentalidad Invicta 🛩🖤♾️
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