La inalcanzable.
No existe. Solo existe alguien a quien nunca te diste la oportunidad de conocer.
Hace unos días alguien me señaló a una mujer y dijo una frase que se quedó viviendo en mi cabeza mucho más tiempo del que imaginé.
—Esa mujer es de las inalcanzables.
Recuerdo que la miré durante unos segundos. Sí, era hermosa. De esas mujeres que llaman la atención cuando entran a un lugar. De esas que parecen transmitir seguridad sin necesidad de decir una sola palabra. De esas que, vistas desde una fotografía, dan la impresión de tener la vida perfectamente organizada.
Y mientras la observaba, me di cuenta de algo que me incomodó.
No sabíamos absolutamente nada de ella.
No sabíamos qué estaba construyendo, qué sacrificios había tenido que hacer para llegar hasta donde estaba, cuáles eran sus miedos, las heridas que todavía cargaba o las batallas que libraba en silencio cuando nadie la veía. No sabíamos qué la hacía reír, qué la hacía llorar, qué la desvelaba por las noches o qué sueños la hacían levantarse cada mañana.
No sabíamos nada. Y aun así, ya habíamos llegado a una conclusión: era inalcanzable.
Desde ese momento no he dejado de preguntarme por qué hacemos eso. ¿Por qué vemos a una persona durante unos segundos y creemos que ya entendimos toda su historia?
Porque si somos honestos, la mayoría de las veces no llamamos inalcanzable a una mujer porque la conozcamos. La llamamos inalcanzable porque imaginamos quién creemos que es. Y entre imaginar a alguien y conocerlo existe una distancia enorme.
La imaginamos feliz, perfecta, rodeada de personas, viviendo una vida sin problemas y sin vacíos. Le atribuimos una realidad completa a partir de una fotografía. Construimos una historia entera con apenas una imagen y después terminamos creyendo que esa historia es real.
Vivimos en una época donde vemos más vidas que nunca, pero conocemos menos personas que antes. Todos los días observamos fotografías de gente que jamás hemos escuchado hablar durante más de treinta segundos. Y poco a poco comenzamos a olvidar que una fotografía es apenas un instante, mientras que una persona es una historia completa.
Las imágenes muestran muchas cosas, pero casi nunca muestran las importantes.
No muestran las noches difíciles. No muestran las dudas que aparecen cuando todo parece estar saliendo bien por fuera, pero no necesariamente por dentro.
No muestran las inseguridades, los errores, los momentos en los que alguien se siente perdido o las veces que ha tenido que empezar de nuevo cuando nadie estaba mirando.
Y entonces sucede algo extraño. Empezamos a admirar a alguien que realmente no conocemos. Y peor aún, empezamos a alejarnos de alguien que nunca nos rechazó.
Esa es la parte que más me llama la atención. Muchas veces la mujer jamás dijo que no. Jamás mostró desinterés. Jamás cerró una puerta.
Pero nosotros ya la habíamos cerrado por ella.
Inventamos un rechazo que nunca existió, solo para no arriesgarnos a descubrir que tal vez no era así. Convertimos la incertidumbre en una historia con final ya escrito, y la palabra que usamos para escribir ese final fue "inalcanzable".
Esa palabra no describe a la mujer. Describe nuestro miedo, disfrazado de elogio.
Suena a admiración. Funciona como excusa.
Con el tiempo he conocido mujeres que podrían encajar perfectamente dentro de esa categoría que tantas personas utilizan. Mujeres increíblemente hermosas. Mujeres admiradas. Mujeres exitosas. Mujeres que parecían tener todo aquello que muchos sueñan alcanzar.
Y siempre ocurría lo mismo. A medida que la conversación avanzaba, la mujer inalcanzable desaparecía. Aparecía la mujer real.
La que también tenía dudas. La que también se equivocaba.
La que también estaba intentando entender muchas cosas de la vida.
La que también cargaba heridas que nadie veía.
La que también estaba construyendo algo mientras intentaba descubrir quién quería llegar a ser.
La belleza puede hacer que mires a alguien. Puede llamar tu atención. Puede hacer que voltees la cabeza. Pero jamás será suficiente para conocer a una persona.
Porque después de la admiración inicial siempre aparecen las preguntas que realmente importan: ¿cómo piensa?, ¿qué la mueve?, ¿qué sueña construir?, ¿qué valores defiende cuando nadie la está observando?, ¿quién es cuando se apagan las luces, desaparecen los aplausos y ya no hay nadie mirando?
Es ahí donde comienza lo verdaderamente interesante. Porque las relaciones más profundas jamás nacen de la perfección. Nacen de la humanidad.
¿Qué tan cansada puede llegar a estar una mujer de que todo el mundo vea su belleza y tan poca gente se interese por la persona?
¿Será agotador recibir atención constantemente y aun así sentir que pocos quieren conocerte de verdad? ¿Será agotador que tantos intenten acercarse a la imagen que construyeron en su cabeza mientras muy pocos sienten curiosidad por descubrir quién eres realmente?
No lo sé. Nunca he estado del otro lado de esa mirada. Pero me parece una pregunta mucho más interesante que asumir respuestas que no me corresponden.
Y quizás ahí exista una soledad de la que casi nunca hablamos.
La de ser observada sin sentirse comprendida. La de ser admirada sin sentirse conocida.
La de convertirse en una imagen para los demás mientras por dentro se sigue siendo una persona que necesita exactamente lo mismo que todos buscamos: conexión, conversaciones reales, compañía auténtica.
Por eso creo que muchas veces el problema nunca estuvo en ellas. Tal vez estuvo en nuestra costumbre de convertir personas en personajes. En nuestra tendencia a colocar seres humanos sobre pedestales. En nuestra facilidad para admirar desde lejos en lugar de acercarnos con curiosidad genuina.
Porque a veces resulta más cómodo decir que una mujer es inalcanzable que preguntarnos cuánto hemos trabajado en nosotros mismos.
Durante años pensé exactamente igual. Vi mujeres que me parecían fuera de mi alcance. No porque ellas me hicieran sentir eso. Porque yo mismo lo había decidido. Porque era más fácil asumir que pertenecían a otro mundo que aceptar que tal vez lo que necesitaba era crecer.
No hablo de dinero, ni de carros, ni de estatus.
Hablo de carácter, disciplina, propósito. De convertirme en alguien que también valga la pena conocer.
Porque llega un momento donde entiendes que no se trata de alcanzar a nadie. Se trata de convertirse en alguien que también vale la pena conocer.
Y cuando eso ocurre, la perspectiva cambia por completo. Ya no observas a las personas pensando si están fuera de tu alcance. Empiezas a preguntarte quiénes son realmente. Empiezas a mirar más allá de la fotografía. Empiezas a descubrir al ser humano.
Lo que sí existen son personas a las que observamos desde demasiado lejos. Personas sobre las que inventamos historias completas antes de escuchar una sola de sus palabras. Personas a las que convertimos en fantasías cuando en realidad siempre fueron humanas.
Y tal vez ahí estuvo el error desde el principio. Nunca fue ella. Siempre fue la historia que inventamos sobre ella.
Por eso, la próxima vez que alguien me señale a una mujer y me diga "ella es de las inalcanzables", creo que responderé algo diferente.
Diré que no. Que probablemente es una mujer con sueños, miedos, heridas, metas, dudas y batallas que nadie está viendo. Que probablemente es una persona mucho más interesante de lo que cualquier fotografía puede mostrar.
Y que la diferencia entre verla como una fantasía o descubrir quién es realmente comienza en el momento en que dejamos de observarla desde lejos y tenemos el valor de conocerla.
Tal vez lo único que existió fue una mujer a la que nunca nos dimos la oportunidad de conocer.
Y mientras escribo estas últimas líneas, vuelvo a pensar en aquella escena. Una mujer caminando. Un comentario lanzado al aire. Y una frase que parecía insignificante: "esa mujer es de las inalcanzables."
Lo más curioso de toda esta historia es que ella nunca dijo una sola palabra.
Nunca afirmó ser inalcanzable. Nunca pidió que la pusieran en un pedestal. Nunca pidió convertirse en una fantasía.
Todo lo demás lo inventamos nosotros.
Y quizás ahí está la lección. Porque muchas veces pasamos la vida creyendo que hay personas demasiado lejos para nosotros, cuando en realidad lo único que existe es una distancia creada por nuestras propias historias, nuestros propios miedos y nuestras propias inseguridades.
Por eso hoy ya no me interesa saber si una mujer es inalcanzable o no. Me interesa saber quién es. Qué la hace sonreír. Qué la apasiona. Qué está construyendo. Qué sueños la mantienen despierta. Qué versión de sí misma está intentando convertirse.
Después de que la belleza llama la atención y la primera impresión desaparece, siempre queda la misma pregunta: ¿quién eres realmente?
No te admires
desde lejos.
Atrévete a
conocerla.
Ahí empieza todo lo que vale la pena.
Edwin Barreto
Mentalidad Invicta ♾️
4 comentarios
Habeces estamos tan prevenidos o es miedo de descubrir lo desconocido que nosotros mismos sacamos conclusiones que no son y me refiero en todos los campos no solo en las personas eta es una reflexión hermosa porque dejamos ir personas sin conocer su esencia y no somos empáticos siempre tenemos que darnos la oportunidad de conocer a esa persona entender sus miedos sus fortalezas y mirar la belleza espiritual
Casi siempre juzgamos sin darle la oportunidad a esa otra persona y pensamos que porque es bella tiene la vida resuelta pero no nos detenemos para dar una oportunidad no damos el.beneficio de la duda
Eres un tesoro… orgullosa de ser tu amiga
Hermoso! Ame todo lo que leí! Cuanta verdad