La inalcanzable.
No existe. Solo existe alguien a quien nunca te diste la oportunidad de conocer.
Hace unos días alguien me señaló a una mujer y dijo una frase que se quedó viviendo en mi cabeza mucho más tiempo del que imaginé.
—Esa mujer es de las inalcanzables.
La miré durante unos segundos. Sí, era hermosa. De esas mujeres que llaman la atención cuando entran a un lugar. De esas que parecen transmitir seguridad sin decir una sola palabra.
De esas que, vistas en una fotografía, dan la impresión de tener la vida perfectamente organizada.
Y mientras la observaba, me di cuenta de algo que me incomodó.
No sabíamos absolutamente nada de ella.
No sabíamos qué estaba construyendo, qué sacrificios había hecho para llegar hasta donde estaba, cuáles eran sus miedos, qué heridas todavía cargaba o qué batallas libraba en silencio cuando nadie la veía. No sabíamos qué la hacía reír, qué la hacía llorar, qué la desvelaba por las noches o qué sueños la hacían levantarse cada mañana.
No sabíamos nada. Y aun así, ya habíamos llegado a una conclusión.
Desde ese momento no he dejado de preguntarme por qué hacemos eso. ¿Por qué vemos a una persona durante unos segundos y creemos que ya entendimos toda su historia?
Porque si somos honestos, casi nunca llamamos inalcanzable a una mujer porque la conozcamos. La llamamos así por quien imaginamos que es. Y entre imaginar a alguien y conocerlo existe una distancia enorme.
La imaginamos feliz, perfecta, rodeada de personas, viviendo una vida sin problemas y sin vacíos. Construimos una historia entera con apenas una imagen y después terminamos creyendo que esa historia es real.
Las imágenes muestran muchas cosas, pero casi nunca las importantes.
No muestran las noches difíciles. No muestran las dudas que aparecen cuando todo parece estar saliendo bien por fuera, pero no necesariamente por dentro.
No muestran las inseguridades, los errores, los momentos en que alguien se siente perdido o las veces que ha tenido que empezar de nuevo cuando nadie estaba mirando.
Y entonces sucede algo extraño. Empezamos a admirar a alguien que realmente no conocemos. Y peor aún, empezamos a alejarnos de alguien que nunca nos rechazó.
Esa es la parte que más me llama la atención. Muchas veces ella jamás dijo que no. Jamás mostró desinterés. Jamás cerró una puerta.
Pero nosotros ya la habíamos cerrado por ella.
Inventamos un rechazo que nunca existió, solo para no arriesgarnos a descubrir que tal vez no era así. Convertimos la incertidumbre en una historia con el final ya escrito, y la palabra que usamos para escribir ese final fue “inalcanzable”.
Esa palabra no describe a la mujer.
Describe nuestro miedo, disfrazado de elogio.
Suena a admiración. Funciona como excusa.
Con el tiempo he conocido mujeres que podrían encajar perfectamente en esa categoría. Mujeres increíblemente hermosas, admiradas, exitosas. Mujeres que parecían tener todo aquello que muchos sueñan alcanzar.
Y siempre ocurría lo mismo. A medida que la conversación avanzaba, la mujer inalcanzable desaparecía.
Aparecía la mujer real.
La que también tenía dudas. La que también se equivocaba.
La que también estaba intentando entender muchas cosas de la vida.
La que también cargaba heridas que nadie veía.
La que también estaba construyendo algo mientras intentaba descubrir quién quería llegar a ser.
La belleza puede hacer que mires a alguien. Puede hacer que voltees la cabeza. Pero jamás será suficiente para conocer a una persona.
Porque después de la admiración inicial siempre aparecen las preguntas que de verdad importan: ¿cómo piensa?, ¿qué la mueve?, ¿qué sueña construir?, ¿qué valores defiende cuando nadie la está observando?, ¿quién es cuando se apagan las luces, desaparecen los aplausos y ya no hay nadie mirando?
Las relaciones más profundas jamás nacen de la perfección. Nacen de la humanidad.
¿Qué tan cansada puede llegar a estar una mujer de que todo el mundo vea su belleza y tan poca gente se interese por la persona?
¿Será agotador recibir atención todo el tiempo y aun así sentir que pocos quieren conocerte de verdad? ¿Que tantos intenten acercarse a la imagen que construyeron en su cabeza y muy pocos sientan curiosidad por descubrir quién eres?
No lo sé. Nunca he estado del otro lado de esa mirada. Pero me parece una pregunta mucho más interesante que asumir respuestas que no me corresponden.
Y quizás ahí exista una soledad de la que casi nunca hablamos.
La de ser observada sin sentirse comprendida. La de ser admirada sin sentirse conocida.
La de convertirse en una imagen para los demás mientras por dentro se sigue siendo una persona que necesita exactamente lo mismo que todos buscamos: conexión, conversaciones reales, compañía auténtica.
Por eso creo que muchas veces el problema nunca estuvo en ellas. Tal vez estuvo en nuestra costumbre de convertir personas en personajes. De poner seres humanos sobre pedestales. De admirar desde lejos en lugar de acercarnos con curiosidad genuina.
Porque a veces es más cómodo decir que una mujer es inalcanzable que preguntarnos cuánto hemos trabajado en nosotros mismos.
Durante años pensé exactamente igual. Vi mujeres que me parecían fuera de mi alcance. No porque ellas me hicieran sentir eso, sino porque yo mismo lo había decidido. Era más fácil asumir que pertenecían a otro mundo que aceptar que tal vez lo que necesitaba era crecer.
Y no hablo de dinero, ni de carros, ni de estatus. Hablo de carácter, de disciplina, de propósito.
Y cuando eso ocurre, la perspectiva cambia por completo. Ya no miras a las personas preguntándote si están fuera de tu alcance. Empiezas a preguntarte quiénes son realmente. Empiezas a mirar más allá de la fotografía. Empiezas a descubrir al ser humano.
Hoy creo que las mujeres inalcanzables no existen. Existen mujeres hermosas, inteligentes, fuertes, admirables. Pero inalcanzables, no.
Lo que sí existen son personas a las que observamos desde demasiado lejos. Personas sobre las que inventamos historias completas antes de escuchar una sola de sus palabras. Personas a las que convertimos en fantasías cuando siempre fueron humanas.
Nunca fue ella. Siempre fue la historia que inventamos sobre ella.
Por eso, la próxima vez que alguien me señale a una mujer y me diga “esa es de las inalcanzables”, creo que responderé algo diferente.
Diré que no. Que probablemente es una mujer con sueños, miedos, heridas, metas, dudas y batallas que nadie está viendo. Que probablemente es mucho más interesante de lo que cualquier fotografía puede mostrar.
Y que la diferencia entre verla como una fantasía o descubrir quién es realmente empieza en el momento en que dejamos de observarla desde lejos y tenemos el valor de conocerla.
Mientras escribo estas últimas líneas, vuelvo a pensar en aquella escena. Una mujer caminando. Un comentario lanzado al aire. Una frase que parecía insignificante.
Lo más curioso de toda esta historia es que ella nunca dijo una sola palabra.
Nunca afirmó ser inalcanzable. Nunca pidió que la pusieran en un pedestal. Nunca pidió convertirse en una fantasía.
Todo lo demás lo inventamos nosotros.
Muchas veces pasamos la vida creyendo que hay personas demasiado lejos para nosotros, cuando lo único que existe es una distancia creada por nuestras propias historias, nuestros miedos y nuestras inseguridades.
Por eso hoy ya no me interesa saber si una mujer es inalcanzable o no. Me interesa saber quién es. Qué la hace sonreír. Qué la apasiona. Qué está construyendo. Qué sueños la mantienen despierta. En qué versión de sí misma está intentando convertirse.
Porque después de que la belleza llama la atención y la primera impresión desaparece, siempre queda la misma pregunta:
¿Quién eres
realmente?
No la admires desde lejos. Atrévete a conocerla. Ahí empieza todo lo que vale la pena.
Edwin Barreto
Mentalidad Invicta 🖤🛫♾️
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4 comentarios
Habeces estamos tan prevenidos o es miedo de descubrir lo desconocido que nosotros mismos sacamos conclusiones que no son y me refiero en todos los campos no solo en las personas eta es una reflexión hermosa porque dejamos ir personas sin conocer su esencia y no somos empáticos siempre tenemos que darnos la oportunidad de conocer a esa persona entender sus miedos sus fortalezas y mirar la belleza espiritual
Casi siempre juzgamos sin darle la oportunidad a esa otra persona y pensamos que porque es bella tiene la vida resuelta pero no nos detenemos para dar una oportunidad no damos el.beneficio de la duda
Eres un tesoro… orgullosa de ser tu amiga
Hermoso! Ame todo lo que leí! Cuanta verdad