Me tengo que ir.
A veces el amor más grande no es quedarse. Es tener el valor de soltar.
Cuatro palabras que pesan como universos enteros.
Cuatro palabras que jamás creí que te diría. No era el final que imaginaba mientras te veía dormir, contando los latidos de tu corazón como si fueran promesas.
Pero me tengo que ir. Con cada parte de mí resistiéndose. Con cada recuerdo pidiendo un día más.
¿Te acuerdas de aquella noche, bajo la lluvia, cuando juramos que lo nuestro sería diferente? Nos miramos a los ojos y creímos haber resuelto el misterio que tantos antes no pudieron resolver.
Qué inocentes fuimos. Y qué hermosa era esa inocencia.
Tu destino tiene alas que yo no puedo seguir. Si te quedas en mi vuelo, vas a terminar olvidando cómo brillar con luz propia. Y prefiero el dolor de perderte a verte apagar poco a poco por quedarte a mi lado.
Tantas noches llorando en silencio mientras fingíamos dormir.
Tantas palabras que dolían más que los silencios.
Tantos “te amo” dichos por costumbre, ya sin el fuego del principio.
Tantas banderas rojas que pintamos de rosa porque no queríamos ver la verdad.
Nos herimos tanto que nuestras cicatrices hablan un idioma que ya no sabemos traducirnos.
Y mientras guardo en una caja lo que queda de nuestra historia, esa foto donde tu sonrisa todavía era para mí, esas cartas donde prometíamos imposibles, solo me sale una palabra:
Gracias.
Gracias por cada amanecer. Por sostenerme cuando mi mundo se caía. Por intentar entenderme cuando yo era un laberinto sin salida. Por quedarte cuando cualquiera con sentido común se habría ido. Por esos momentos perfectos que nadie va a poder borrar.
Me voy, no porque no te ame. Me voy porque te amo demasiado para seguir fingiendo que esto todavía se puede salvar.
Me voy porque no supe construir un hogar, solo paredes. Porque dejé que la rutina enterrara la magia. Porque mientras tú crecías, yo me aferré al pasado, con miedo a un futuro que no sabía si merecía.
Me voy porque tengo una deuda pendiente con la persona que era antes de nosotros. Y porque te debo la libertad de encontrar a alguien a quien todavía se le iluminen los ojos cuando entras a la habitación.
¿Duele? Como si me faltara el aire mientras el mundo sigue girando como si nada.
Ya es hora. Con las manos temblando recojo lo último que queda de mí en tu vida. Me llevo solo las lecciones. Y te dejo mi deseo más sincero: que encuentres una felicidad tan grande que haga que esta despedida haya valido la pena.
Me voy para que el tiempo sane lo que nosotros solo supimos empeorar. Para que algún día, cuando alguien diga mi nombre, puedas sonreír en lugar de sentir ese nudo en la garganta.
Y si algún día, en otra vida o en un giro inesperado de esta, volvemos a encontrarnos, que sea porque por fin aprendimos a querernos sin destruirnos.
¿Cuántos se quedan por miedo a irse, aunque en el fondo ya se fueron hace tiempo?
A veces irse es el acto de amor más grande que existe.
Me tengo que ir porque necesito recordar cómo respirar sin que tu aire sea mi oxígeno. Porque necesito descubrir quién soy cuando no me estoy viendo reflejado en tus ojos.
Y mientras cierro esta puerta por última vez, siento que algo en mí termina para que algo nuevo pueda empezar. Tal vez esa sea la última lección que me das: que a veces un final es solo un comienzo disfrazado de adiós.
Quizás no me fui de ti.
Quizás me fui a encontrarme.
Y en el fondo,
espero que tú hagas lo mismo.
Porque a veces soltar es la única forma de volar.
Edwin Barreto
Mentalidad Invicta 🛩🖤♾️
¿Conoces a alguien que se está quedando por miedo a irse? Tal vez necesita leer esto.
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