Tú eres un superhéroe y no lo sabes.
Mentalidad Invicta · Edwin Barreto

Tú eres un superhéroe y no lo sabes.

La capa nunca fue el poder. Hay dos que usas todos los días: las palabras y el tiempo.

Míralo en video · o léelo aquí abajo

Cuando éramos niños era muy fácil entender qué era un superhéroe.

Era alguien que podía volar, que tenía una fuerza absurda, que podía hacerse invisible o hacer cualquier cosa que para nosotros parecía imposible. Muchos incluso jugamos alguna vez a tener esos poderes.

Después crecimos y entendimos que nada de eso iba a pasar. El problema es que también crecimos pensando que un poder tenía que ser necesariamente algo extraordinario, y tal vez por eso nunca nos dimos cuenta de todos los que ya teníamos.

Porque tienes muchos.

Puedes tomar una decisión que cambie completamente el rumbo de tu vida. Puedes ayudar a alguien. Puedes destruir algo.

Puedes comenzar de nuevo. Puedes irte, quedarte, perdonar, pedir perdón, volver a intentarlo.

Pero hay dos poderes en los que he estado pensando últimamente porque los usamos todos los días y creo que no alcanzamos a entender realmente lo que podemos hacer con ellos: las palabras y el tiempo.

El poder de las palabras

Piensa en algo que alguien te haya dicho hace años y que todavía recuerdes. Seguramente no necesitas hacer demasiado esfuerzo. Puede haber sido tu papá, tu mamá, un profesor, un jefe, una pareja o cualquier persona que en ese momento significaba algo para ti.

Lo más impresionante es que quien lo dijo posiblemente ni siquiera lo recuerda.

Para esa persona fueron diez segundos de su vida. Para ti pudo convertirse en algo que cargaste durante años.

Por eso pienso que una palabra puede ser como una cuchilla. Con gran sutileza y precisión puede cortar. A veces incluso viene disfrazada de chiste, de consejo o de una supuesta sinceridad. Entra, hace el daño y se queda ahí.

Otras veces no tiene nada de delicada y se parece más a un mazo. Sabemos que estamos golpeando, sabemos exactamente dónde hacerlo y aun así lo hacemos. Por rabia, por orgullo, porque queremos ganar una discusión o simplemente porque en ese momento no nos importa lo que pueda quedar después.

Pero lo mejor y genial es que ese mismo poder funciona completamente al contrario. Con las mismas palabras puedes hacer que alguien vuelva a creer en sí mismo. Puedes reconocer algo que nadie le había reconocido.

Puedes decir “perdón”, “gracias”, “te quiero”, “estoy orgulloso de ti” o simplemente “aquí estoy”.

Tal vez para ti sean cinco segundos, pero no sabes cuánto tiempo puede quedarse eso dentro de la otra persona.

Y ahí hay algo que me parece todavía más fuerte:

Tú también escuchas todo lo que dices.

Nadie en el mundo te ha hablado tantas veces como tú mismo.

No solamente cuando hablas con los demás. Me refiero a lo que te dices cuando nadie te está escuchando. A esa conversación que aparece cuando algo sale mal, cuando cometes un error, cuando tienes miedo, cuando estás cansado o cuando empiezas a dudar de algo que hace apenas unas horas parecía clarísimo.

El Piloto Loco

En Mentalidad Invicta nosotros conocemos bastante bien a esa voz. La llamamos el Piloto Loco.

El Piloto Loco aparece mucho cuando corremos. Vas bien, empiezas a cansarte y de repente comienza la negociación:

Ya hiciste suficiente.

Puedes caminar un rato.

Tampoco pasa nada si hoy no terminas.

Nadie se va a enterar.

Pero sería demasiado fácil pensar que solamente aparece corriendo. Ese tipo se monta con nosotros para todo. Aparece cuando tienes que empezar algo, cuando tienes que tomar una decisión, cuando estás a punto de hacer una llamada incómoda, cuando quieres cambiar algo o cuando simplemente sabes lo que tienes que hacer pero no tienes ganas de hacerlo.

Y lo jodido es que sabe exactamente cómo hablarte porque te conoce.

No utiliza argumentos absurdos. Utiliza los tuyos. Conoce tus miedos, tus inseguridades, las cosas que te han pasado y hasta sabe cuáles son las excusas que mejor te funcionan. Por eso muchas veces termina ganando la conversación.

Entonces, cuando hablo del poder de las palabras desde Mentalidad Invicta, no estoy hablando de levantarnos frente al espejo a repetir que somos imparables. A mí eso no me sirve. Si algo está mal, está mal. Si tienes miedo, tienes miedo. Si fallaste, fallaste. La pregunta es qué vas a hacer con eso y, sobre todo, qué historia vas a empezar a contarte después.

Porque decir “fallé” no es lo mismo que decir “soy un fracaso”.

Decir “hoy no pude” no es lo mismo que decidir “yo no puedo”.

Una cosa describe algo que ocurrió. La otra empieza a definir quién eres.

Y cuando repetimos algo suficientes veces, tarde o temprano empezamos a vivir como si fuera verdad.

También creo que deberíamos revisar cómo utilizamos ese poder con los demás. No significa hablar bonito todo el tiempo. Hay conversaciones difíciles que hay que tener y verdades que hay que decir aunque incomoden. Pero una cosa es decir algo porque necesita ser dicho y otra muy diferente utilizar una verdad para hacer daño. Creo que en el fondo casi todos sabemos perfectamente cuándo estamos haciendo una cosa y cuándo estamos haciendo la otra.

Las palabras que nunca dijimos

Y después están las palabras que nunca dijimos. Esas me preocupan incluso más. El perdón que seguimos aplazando, el gracias que damos por entendido, el “estoy orgulloso de ti” que pensamos pero nunca pronunciamos o el “te quiero” que creemos innecesario porque suponemos que la otra persona ya lo sabe.

Tal vez lo sabe.

Pero ¿por qué no decírselo?

No sabemos qué batalla está peleando la persona que tenemos enfrente. No sabemos si una frase nuestra puede cambiarle cinco minutos, una tarde o mucho más. Y tampoco sabemos lo que puede ocurrir dentro de nosotros cuando finalmente decimos algo que llevábamos demasiado tiempo guardando.

Ahí es donde este poder me parece brutalmente hermoso.

Podemos utilizar las palabras para destruir, claro que sí. Pero también podemos utilizarlas para ayudar a sanar a alguien y, algunas veces, terminar sanando algo nuestro en el proceso.

El poder del tiempo

El segundo poder es diferente porque tiene una condición que lo cambia todo: se acaba.

Por mi trabajo en aviación hay una comparación que para mí es inevitable.

Un piloto necesita saber cuánto combustible tiene. Antes de despegar se calcula cuánto necesita para hacer el vuelo, cuánto puede consumir y cuánto debe conservar.

Durante el vuelo se sigue revisando porque puedes tener el mejor avión del mundo, las mejores condiciones y saber exactamente a dónde quieres llegar, pero si ignoras cuánto combustible tienes disponible, tarde o temprano vas a tener un problema.

Con el tiempo hacemos exactamente lo contrario.

Vivimos como si con nosotros no existiera ese indicador.

Gastamos una hora y pensamos que mañana habrá otra.

Dejamos una llamada para después. Una visita para el próximo mes. El proyecto para cuando tengamos más tiempo.

La carrera para cuando estemos preparados. Las vacaciones para el próximo año.

Y no necesariamente está mal aplazar algo. El problema es que nos acostumbramos tanto a tener un mañana que empezamos a tratarlo como si estuviera garantizado.

Y no lo está.

Ahora, tampoco quiero utilizar eso para decir que tenemos que vivir desesperados haciendo cosas porque algún día vamos a morir. No se trata de llenar cada minuto, levantarnos a las cuatro de la mañana o sentirnos culpables por pasar una tarde sin hacer absolutamente nada. De hecho, algunas de las horas que aparentemente menos “producen” pueden terminar siendo las más importantes de nuestra vida.

Tampoco quiero irme al otro extremo y decir que da igual lo que hagamos. Para mí no da igual. Pero no porque exista una lista universal de cosas que todos deberíamos estar haciendo, sino porque hay una pregunta que cada uno debería poder responder por sí mismo.

¿Para qué hago lo que hago?

Esa pregunta me gusta porque cambia completamente la conversación. No te pregunta cuánto hiciste, cuánto ganaste, cuántos kilómetros corriste ni cuántas cosas tachaste de una lista. Te obliga a mirar un poco más atrás.

¿Para qué?

Puedes trabajar doce horas porque estás construyendo algo que para ti vale completamente la pena y terminar cansado, pero tranquilo. También puedes trabajar esas mismas doce horas y darte cuenta de que llevas años haciendo algo que ya ni siquiera sabes por qué haces. Puedes pasar una tarde completa sin producir absolutamente nada, sentado con tus papás, tus hijos, tu pareja, tus amigos o simplemente contigo, y quizás esas horas tengan muchísimo más sentido para ti que todo lo que hiciste el resto de la semana.

Por eso no quiero decirte qué tienes que hacer con tu tiempo.

No quiero decirte que renuncies a tu trabajo. No quiero decirte que emprendas. No quiero decirte que viajes. No quiero decirte que corras.

No quiero decirte que aceptes todas las oportunidades que aparezcan porque “la vida es una sola”.

Y tampoco quiero decirte que te conformes con todo porque debes aprender a agradecer lo que tienes.

No sé qué quieres tú.

Y ese es precisamente el punto.

Lo que sí creo es que deberíamos poder detenernos alguna vez y preguntarnos con absoluta sinceridad: ¿estoy tranquilo con lo que estoy haciendo?

No dentro de cinco años. Hoy.

Cuando termine este día y te acuestes, ¿vas a estar tranquilo con lo que hiciste con él?

No estoy preguntando si cumpliste todos tus pendientes ni si fue un día perfecto. Estoy preguntando si tuvo sentido para ti.

Mañana

Porque ahí vuelve nuestro amigo el Piloto Loco y aparece con una de sus mejores palabras: mañana.

Mañana empiezas. Mañana llamas. Mañana le dices. Mañana entrenas. Mañana escribes.

Mañana cambias eso que llevas meses diciendo que quieres cambiar.

Y lo peor es que muchas veces suena completamente razonable. Claro, mañana hay tiempo.

Hasta que mañana llega y se convierte en hoy.

Y volvemos a decir mañana.

Quizás por eso estos dos poderes terminan encontrándose. Muchas de las palabras que dejamos pendientes las dejamos para después porque pensábamos que teníamos tiempo.

Íbamos a llamar. Íbamos a visitar. Íbamos a pedir perdón.

Íbamos a decir gracias. Íbamos a decir cuánto queríamos a alguien.

Después.

Hasta que alguna vez ya no hubo después.

Y entonces ocurre algo muy jodido: todavía tienes las palabras, pero ya no tienes dónde ponerlas.

La capa nunca fue el poder

Tal vez de niños estábamos equivocados con los superhéroes. Pensábamos que el poder tenía que ser algo imposible porque era mucho más fácil reconocerlo cuando alguien volaba o levantaba un carro con una mano. Nadie nos explicó que poder también era tener la capacidad de cambiar algo en otra persona con unas palabras o decidir qué hacer con una parte de nuestra vida que, una vez utilizada, nunca vuelve.

Yo no utilizo siempre bien ninguno de los dos. He dicho cosas que seguramente no debí decir y también he callado algunas que debí haber dicho. He perdido tiempo, he aplazado cosas, he tomado decisiones que después he cuestionado y seguramente voy a volver a hacerlo. Mentalidad Invicta para mí nunca ha significado convertirse en una persona que hace todo bien. Eso no existe.

Tiene mucho más que ver con no dejar de preguntarnos.

Con darnos cuenta cuando estamos actuando en automático. Con reconocer cuándo el Piloto Loco está tomando demasiadas decisiones por nosotros. Con poder decir “esto ya no tiene sentido para mí” aunque alguna vez sí lo haya tenido. Y también con poder mirar algo que estamos haciendo y decir: sí, esto es exactamente donde quiero estar.

No necesito que quieras algo específico. Esa nunca ha sido la idea de Mentalidad Invicta. No necesito que corras, que emprendas, que ganes más dinero ni que construyas una vida que se parezca a la mía. Esta es solamente mi manera de ver las cosas y seguramente tú tendrás la tuya.

Pero sí creo que hay preguntas que vale la pena hacernos.

¿Qué estoy haciendo con mis palabras?

¿Qué estoy haciendo con mi tiempo?

¿Para qué estoy haciendo todo esto?

¿Estoy tranquilo con la respuesta?

No sé cuáles sean las tuyas.

Yo todavía estoy buscando algunas de las mías.

Lo único que sé con certeza mientras escribo esto es algo bastante sencillo:

Estoy vivo.

Y mientras eso siga siendo cierto, hay una pregunta que no quiero dejar de hacerme:

¿Qué voy a hacer

con eso?

— Escrito por

Edwin Barreto

Mentalidad Invicta ♾️

1 comentario

Estoy tranquila con lo que hice hoy por qué construir mi yo del mañana sin dejar de vivir plenamente el ahora

Pat Hart •

Dejar un comentario

Ten en cuenta que los comentarios deben aprobarse antes de que se publiquen.